Recuerdo una conversación con una muy buena amiga, en la que le explicaba que con el paso de los años he cambiado tanto, que cuando miro hacia atrás, a veces no me reconozco, antes me complicaba la vida con tonterías que hoy me resultan banales, permitía situaciones con personas que me resultaban incómodas o desagradables, lanzaba juicios hacia los demás o incluso hablaba más de la cuenta, como si callar fuese malo, en fin. Ella, dentro de su escepticismo, me preguntaba si era por arte de magia, si todo lo indeseable desaparecía sin más. Tras un corto silencio le respondí que sí, es una forma de verlo, aunque sé que no es del todo cierto, porque no cambias el mundo, cambias tú y tu forma de ver el mundo, consiguiendo sentirte mucho mejor cada día. Me pregunto en silencio ¿Qué ha cambiado? sigo siendo una persona imperfecta, me equivoco, algunas veces fracaso, me desespero, me enfado, etc. Tras pensar en ello durante mucho tiempo, entendí que la diferencia está en no tener miedo, o tenerlo y enfrentarlo, esa es la forma de vivir sin miedo. Acepto que soy una persona imperfecta, corrijo mis equivocaciones, me levanto ante el fracaso, aprendo de mis errores.
No tengo miedo a equivocarme, porque sé que reconoceré mi error e intentaré corregirlo, no tengo miedo al juicio de los demás porque me acepto como soy, no temo ser humilde porque serlo me permite aprender de los demás, no temo abrir mi corazón porque aun cuando me duela habrá valido la pena, no temo caer, porque ante la caída pueden suceder varias cosas: aprenderé a volar, aprenderé una lección o alguien me tenderá la mano y me ayudará a levantar. No temo a la muerte porque he vivido intensamente. No temo a la soledad porque descubrí que en ella podría encontrarme conmigo misma.
Aún así, hay muchas cosas que me asustan o me dan miedo, aunque no lo sepa todavía porque no las he vivido, pero estoy dispuesta a enfrentarlas. Eso, supongo, que es lo que hace la diferencia.
Cambiar ¿para qué? Simplemente porque merece la pena.




