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Como vengo haciéndolo estos últimos meses, acudo a un conocido cuento infantil para compartir una reflexión. Hoy he elegido el cuento del Patito feo, un cuento muy conocido, seguramente ya te lo hayan contado alguna vez, no importa, siempre puede verse desde un nuevo enfoque, uno diferente. 

Lo he elegido para reflexionar sobre el respeto a las diferencias porque lo diferente no es necesariamente feo, para reflexionar sobre la tolerancia, la aceptación y la subjetividad de la belleza. Y por supuesto, sobre la necesidad de amarse a uno mismo con sus virtudes y defectos.

Sin más preámbulo, empezamos.

Esta es la historia de una pata que vivía en una preciosa granja y que con gran ilusión empollaba sus huevos, soñando con lo preciosos que serían sus patitos. Sin embargo, lo que no sabía es que un huevo de cisne había llegado hasta su nido.

Pasaron los días y la pata seguía dando calor a sus huevos, con todo su amor, sin dejar de mirarlos de vez en cuando para ver si comenzaban a romper el cascarón.

Y un día, al fin llegó el momento: el cascarón de cada uno de los huevos comenzó a romperse y, uno a uno, empezaron a salir los patitos. La pata daba saltos de alegría. El corazón le latía con muchísima fuerza. Todos eran muy hermosos… todos, menos uno.

El último patito era diferente: de color más oscuro y mucho más feo que sus hermanos. Tenía el cuello muy largo y el cuerpo más grande. Y cada vez que graznaba… todos se estremecían, porque su graznido era mucho más fuerte que el del resto de patos. Sus hermanos le miraban con temor, y la mamá pata, estaba muy preocupada y triste.

Los animales se burlaban de él: se reían, le silbaban, hasta las gallinas le picoteaban…  Por si eso fuera poco, comenzaron a llamarle ‘patito feo’. El pobre patito lloraba y lloraba. Estaba desolado. Nadie parecía quererle, ni aceptarle.

El pobre patito estaba tan triste, que un día, decidió abandonar la granja. Y andando y andando, llegó hasta la casa de unos campesinos que también tenían animales, sobre todo gallinas. Y también un gallo que comenzó a burlarse de él.

El patito creció y un día escuchó decir a la campesina:

– ¡Qué grande y gordo está ese pato tan feo! Pero puede estar muy rico al horno. Mañana mismo lo cocinaré.

Esa noche el patito se volvió a fugar, en busca de un lugar mejor. Después de mucho andar, decidió refugiarse en una zona pantanosa, repleta de juncos, donde podía esconderse de la mirada de todos y ahí pasó el otoño y el invierno.

Pero después llegó la primavera, el sol, las flores y los árboles con sus verdes hojas. Y un día ocurrió algo fascinante: unas hermosas aves llegaron volando hasta allí. Tenían un cuello muy largo y unas plumas brillantes. El ‘patito feo’ se miró de refilón en el agua del lago y vio que eran muy parecidos a él. Y nadaban de una forma tan elegante… Lo mejor es que no se asustaron al verlo, sino que batieron las alas para recibirle con gran alegría.

– ¡Pero si tenemos un compañero nuevo!- dijo contentísimo uno de los cisnes.

– No te habíamos visto antes por aquí. Se nota que eres jovencito- añadió uno de sus compañeros- ¿Cómo te llamas?

– No tengo nombre- mintió avergonzado el patito feo. No quería que comenzaran a burlarse de él.

– Bueno, pues tendremos que llamarte de alguna forma. ¿Qué tal ‘cisne rey’? Por algo eres el más hermoso de todos- propuso uno de los cisnes.

– ¿Cisne? repitió asombrado el ‘patito feo’.

– Claro: eso es lo que eres: un precioso cisne.

Y así fue como ‘el patito feo’ dejó de ser patito y dejó de ser feo. Nunca lo fue. Siempre fue un cisne, algo que el resto de animales no fueron capaces de ver.

 

Hasta aquí el cuento y ahora vamos con la reflexión:

Qué tanta consciencia tenemos de los prejuicios o qué tanto relacionamos lo que nos resulta diferente de lo que nos resulta hermoso. Hemos aprendido lo que es belleza por lo que ven nuestros ojos y cómo encaja dentro de nuestro modelo mental, sin embargo, he aprendido que la belleza se siente, se vive y después la ves con el corazón. Mi padre solía decirnos que cuando nos enamoráramos, lo hiciéramos de lo que era esa persona, de cómo nos hacía sentir, de cómo nos trataba, pero nunca sólo de su belleza porque esa se acaba, se la lleva el tiempo.

Y tras todos los años vividos, he tendido presente que es uno de los mejores consejos que haya recibido, entre otras cosas, porque la belleza física tiene mucho que ver con los estándares sociales, con lo que debe ser y no con lo que es. Quienes juzgaban al patito y se reían de él, actuaban según entendían que era normal, así lo habían aprendido, no se paraban a pensar en el daño que podían hacer o el dolor que podían causar.

La peor parte, en mi opinión, es la historia que terminó creyéndose el patito, porque dudó de sí, de su valía, dudó de su belleza, no supo quién era, tenía una identidad erronea y por eso permitió que se burlaran de él los demás. Vivió con miedo y ese miedo determinó su vida, hasta descubrir quien era en realidad, cuan bello era y lo auténtico que había en lo que antes pensaba que era despreciable, su largo cuello, sus recias plumas, su singular forma de nadar…

Hoy no se trata solo de un cuento para despertar, hoy es casi una experiencia personal que he querido compartir, porque durante muchos años me sentí fea y seguramente permití que otros me causaran dolor, hasta que aprendí a sentir, a vivir y a apreciar lo que soy, entonces descubrí mi belleza. No tiene que ser la misma que otros aprecien, porque ellos pueden tener otro concepto de la belleza u otros gustos distintos, pero lo importante es que ellos sentirán que para mí lo es y sobre todo, que yo lo sé y lo siento así.

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