Cuando nacemos, es como si fuésemos piezas de un rompecabezas, que no vienen colocadas, por el contrario, vienen en una bolsa o una caja, todas revueltas y arrumadas. A medida que pasan los años, vamos colocando esas piezas en su sitio, algunas de ellas las ponemos dónde nos dicen que deben ir, y quien nos lo dice parece saber de lo que habla, así que vamos avanzando en el montaje de nuestro propio puzle con la ayuda de esas personas, ya sean nuestros padres, nuestros maestros, nuestros hermanos mayores, nuestros abuelos, etc.
Con el paso de los años nos vamos haciendo «independientes» tomamos la iniciativa de seguir nosotros decidiendo qué piezas y dónde ponerlas, aunque en el fondo sabemos que lo hacemos bajo la influencia de los demás, en este caso serán los amigos, los compañeros, las parejas, etc. Pero lo importante parece ser cómo se ve el puzle desde fuera, lo que opinan los demás y no cómo de seguro estoy conmigo mismo.
Al final, vemos que hemos avanzado mucho, ya tiene forma, sin embargo, algunos espacios siguen vacíos; entonces nos empeñamos en buscar la pieza que falta, sólo que no la buscamos dentro de nosotros, por el contrario, vamos, en ocasiones desesperadamente, buscando esa pieza en los demás, como si otro ser u otra persona tuviera en su poder una pieza de mi rompecabezas para poderlo completar. Incluso si no encaja perfectamente, lo forzamos para que parezca que es su lugar. Estas piezas son las relaciones, los sentimientos, las experiencias, las personas, la dependencia… todo aquello a lo que nos aferramos para sentirnos completos, lo que creemos que necesitamos en nuestra vida para ser felices.
La reflexión final es que, por más que te empeñes, nada, ni nadie, excepto tú mismo, tiene esa pieza que completa tu vida, que la energía que inviertes en buscarla fuera, puedes aprovecharla para buscar dentro de ti, en silencio, en calma, esa conexión con tu ser y entonces conseguirás ver la pieza que falta.




