Cuántas veces o con cuánta frecuencia nos pasa que de repente alguna persona cambia su actitud hacia uno, por ejemplo, de ser muy simpático, amable, agradable… de repente, un día cualquiera nos cruzamos con esa persona y su gesto es serio, cortante, seco, indiferente o cualquier otra actitud que nos extrañe por no ser la habitual. La forma en que nos sintamos frente a esta situación nos dará una pista de qué tanta inseguridad tengamos en nosotros mismos o que tan grande es el miedo al rechazo, la necesidad de aprobación. Mucha o poca no es ni bueno ni malo, lo mejor y realmente importante es saberlo, porque esa información nos ayuda a seguir trabajando en nosotros mismos.
Como siempre, mis publicaciones están asociadas a alguna experiencia propia o de alguien conocido, y para que se entienda mejor, suelo compartirlas.
Una está relacionada con el trabajo, porque algunos compañeros con los que solía interactuar de forma frecuente en razón de mis funciones, de repente empezaron a evitarme, ya la cordialidad no era la misma y de alguna manera se sentía un tenso ambiente que no sabía con seguridad a qué se debía. Lo primero que pensé es que tal vez había sido demasiado directa y sincera en mi forma de comunicar, porque aunque decimos que preferimos la sinceridad, luego no nos gusta tanto, así que pensé que probablemente les había molestado lo que les había dicho. Diría que objetivamente no sentí que le diera mucha importancia, pero luego, observando la forma cómo lo gestionaba, me di cuenta que sí, que aquella situación me había despertado algunos miedos y que le estaba dedicando tiempo y energía a darle vueltas al tema. Contemplé la posibilidad de que más allá de lo que yo sabía, podía haber cosas, comentarios, situaciones provocados por otras personas, que refiriéndose a mí, provocaran malestar o una mala impresión mía como persona, esto me dio vueltas en la cabeza unos días, hasta que pensé ¿y si es así, qué puedo hacer? La respuesta es sencilla: NADA diferente a cambiar mi forma de gestionar esa situación.
Otra es una que he vivido durante mucho tiempo y que ahora agradezco, está relacionada con mi vida privada, porque la persona que está más cerca a mí, con quien más tiempo comparto, tiene una forma de ser radicalmente diferente a la mía. Con demasiada frecuencia percibía que estaba muy serio, como enfadado y me ponía muy nerviosa, pensaba que había pasado algo, que yo había hecho o dicho alguna cosa que le había molestado y esta situación me robaba mucha energía, vivía una angustia real, me resultaba muy desagradable. Por supuesto, cuando le preguntaba qué le pasaba, la respuesta era NADA y seguramente era cierto. Con los años he entendido que él es así, que su seriedad, silencio o cara de enfado no tienen que ver conmigo, o sí, pero es su tema, no el mío. Aprendí a aceptarle tal y como es, y sobre todo, aprendí a irme cuando no estoy a gusto.
Es posible, y según el tipo de personas que te rodean, también es probable, que se creen cuentos acerca de ti, que se inventen historias o pongan en tu boca afirmaciones que nunca has hecho y que con ello provoquen que otros se molesten, enfaden o disgusten contigo. Si esto pasa, hay que tener muy claro que no puedes influir en los demás, que siempre vas a vivir expuesto a la envidia o maldad de quiénes llevan penas o veneno en el corazón y necesitan soltarlo. Parecerá injusto decir que no puedes hacer nada al respecto, seguramente sientas que debes intentar averiguar qué hay detrás de todo y aclararlo, dejar en evidencia a los malos de la historia.
Y aquí es donde he llegado a mi reflexión final ¿realmente merece la pena gastar tu tiempo y tu energía en convencer a otros de quién eres y cómo eres? Yo creo que no, en mi opinión, ser yo misma, vivir fiel a mis valores, saber que no hago daño intencionado a nadie, que me puedo equivocar y que también tengo la humildad de reconocerlo y pedir disculpas, es suficiente. Quien te conoce sabrá qué creer y qué no. Y quién no te conoce, podrá acudir a ti y preguntarte o pedirte alguna explicación, que permita aclarar lo que sea que haya pasado.
No hay por qué pensar que tenemos la culpa de los cambios de humor de otros, ni de los enfados. Tampoco tenemos la responsabilidad de lo que crean o piensen los demás. Tenemos la misión de aceptarnos imperfectos, de estar abiertos a crecer cada día, de amarnos sobre todo y que cada quién haga lo propio.




