Aprendimos a sobrevivir como raza humana, nuestro cerebro está entrenado para responder a las amenazas y es así que, de forma inconsciente, vivimos en constante alerta, respondiendo a lo que percibimos como ataques, huyendo de, o evitando, lo que nos supera, buscando un lugar seguro en el que refugiarnos y convertirlo en nuestro hogar.
Cuando mezclamos este instinto natural de supervivencia con nuestros miedos, queda esa persona en la que nos convertimos, con una coraza o máscara que nos haga sentir seguros ante los demás y un ser temeroso, vulnerable en nuestro interior. Tan bueno o tan malo como te sientas obligado a ser, siempre bajo la creencia de estar haciendo lo que debemos y lo mejor que podemos.
Esta forma de vivir nos separa de la capacidad de vivir plenamente, porque en este rol que asumimos no hay tregua, ni siquiera cuando te caes o te cansas, porque siempre hay que sobrevivir y salir adelante, con lo que sea que ello signifique. Aunque suponga enfrentarse a los seres queridos, incluso convertir tu hogar en un campo de batalla, con aliados y enemigos, da igual el resultado. Si ganas, los perdedores se lo merecían y si pierdes, eres una víctima de la injusticia.
No paramos, ni pensamos cómo hemos llegado a esto y lo más importante, no tomamos consciencia del poder que tenemos para cambiarlo. Mientras tanto, el tiempo corre y las oportunidades para disfrutar del maravilloso regalo de la vida, cada vez son más valiosas.
Mi reflexión para hoy ¿merece la pena tanto desgaste para vivir en modo supervivencia o mereces ser feliz?




