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Culturalmente estamos acostumbrados a quejarnos por todo aquello que consideramos está mal o porque pensamos que debería ser de otra manera. Este discurso que hacemos mentalmente y en muchas ocasiones compartimos con los demás, tiene un impacto importante en nosotros y por consiguiente en nuestro entorno.

Cuando sentimos que tenemos un motivo, real o no, para quejarnos, nos sentimos irascibles, poco tolerante, nada empáticos, estamos de mal humor, nos irritamos con facilidad y solemos ser indolente, duros o despiadados con los demás y con nosotros mismos.

Como es un hábito inconsciente, no solemos pensar en sí, quejarnos, nos aporta algo o por el contrario, cuánto daño nos hace. Porque la queja sin acción es puro ruido mental, contaminación total de nuestra existencia. No aporta nada bueno, a menos que empieces a tomar consciencia de lo que puede haber detrás de la queja, saber qué hacer y ponerte manos a la obra.

 Suelo ser bastante insistente en que la toma de consciencia requiere un ejercicio de introspección, de observación desapegada, sin juicios, simplemente mirarte desde fuera, identificar patrones, aceptarte tal y como eres, tratarte con respeto y cariño, pero sobre todo, con la tranquilidad de saber que puedes cambiar todo lo que ya no encaja en tu vida.

Al final, es un acto de responsabilidad, en el que asumes tu parte y decides dejar de alimentar ese hábito de quejarte, renuncias a la necesidad de regodearte en el victimismo, para pasar a identificar claramente qué es lo que necesitas.

Aquí pueden pasar dos cosas:

  • la primera, que lo que necesitas está en tu mano y por tanto, puedes solucionarlo y dejar de quejarte;
  • la segunda, que no hay nada que puedas hacer para solucionarlo, no está en tu mano, no depende de ti, ni está en tu círculo de influencia, por tanto, en este caso lo mejor es asumir que el mundo es así, que hay cosas que no podemos cambiar, por injustas, malas, deplorables, etc., que nos parezcan, seguirán pasando y con la queja lo único que haces es darles más relevancia en tu vida.

 

Haz de tu vida un lindo viaje, actúa con madurez o sensatez, sé paciente contigo y con los demás, porque cuando dejas de quejarte la vida se hace más ligera, te liberas de la carga tan pesada que supone llevar esos pensamientos en tu cabeza constantemente. Aprende a tratarte bien, si lo haces, darás ejemplo a los demás de cómo tratarte. Se llama Amor propio.

 

Aun sabiendo que es a costa de tu bienestar y tu felicidad,

¿Cuánto protagonismo quieres darle en tu vida a la queja?