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Hoy he elegido la fábula de la rana que quiso ser buey, para reflexionar sobre el valor de la autenticidad, sobre la valentía de ser uno mismo y la importancia del amor propio en la vida, entendiendo la envidia y la vanidad como síntomas de una carencia de amor y aceptación de nosotros mismos.

Sin más preámbulo, empezamos.

Esta es la historia de una ranita que no se gustaba nada, día tras día iba hasta el estanque para ver en el reflejo del agua todos sus defectos. Se sentía fea y despreciable, maldecía su apariencia, su color, la forma su cuerpo, las manchas de su piel, pero lo que más le disgustaba era su tamaño, pensaba que ser tan pequeña le hacía sentirse inferior a la mayoría de los animales. Cada mañana, después de contemplarse en el estanque, regresaba a su casa lamentándose de su mala suerte. La ruta de vuelta era siempre la misma, recorría el camino de la pradera donde vivía un viejo buey. En cuanto lo veía, la rana no podía evitar hacer un alto en el camino y quedarse pasmada mirando su imponente figura. Decía ¡Ay, qué suerte tiene ese buey! ¡Me encantaría ser tan grande como él!

Harta de sentirse insignificante, una tarde de primavera reunió a su pandilla de amigas ranas y mandó que se sentaran todas a su alrededor y les dijo: Escuchadme, chicas: Voy a intentar agrandarme lo más que pueda y quiero que me digáis si lo consigo.

La ranita, sin esperar ni un minuto más, se concentró, cerró los ojos, y aspiró por la boca todo el aire que pudo y preguntó a las otras ranas ¿Ya soy tan grande como el buey? Una de ellas asombrada contestó:¡Para nada! Te has hinchado un poco pero ni de lejos eres tan grande.

La rana seguía intentando retener una cantidad de aire mayor, se hinchó por lo menos el doble y preguntó: ¿Y ahora, lo he conseguido? ¡Las ranas del corrillo se miraron atónitas! Pensaban con que su amiga estaba loca de remate. Una de ellas le dijo: ¡Qué va! Has crecido bastante pero el buey sigue siendo infinitamente más grande que tú.

La rana no estaba dispuesta a rendirse. Dejó la mente en blanco y respiró muy, muy profundamente. Entró tanto aire en su tripa que se oyó un ¡PUM! y la pobre reventó.

La rana herida se recuperó en unas semanas y desde entonces cambió completamente de actitud. Descubrió que uno es mucho más feliz cuando se acepta tal y como es.

 

Hasta aquí el cuento de hoy y ahora vamos con la reflexión:

Muchas veces nuestros miedos o nuestras creencias nos llevan a mirar hacia fuera, a compararnos con otros y a convencernos de una gran mentira, a decirnos que no somos suficiente, a decirnos que tener la aceptación de los demás es más importante que la aceptación de uno mismo.

La falta de amor propio y de aceptación de sí mismo, nos lleva en muchos casos a querer ser quiénes no somos, a ignorar la esencia de nuestro ser. Es absurdo intentar cambiar para convertirnos en algo que jamás seremos. Cada persona nace con unas cualidades diferentes, esa autenticidad es la que le hace especial, único y sólo quien se atreve a descubrirse, entiende el gran potencial que tiene dentro.

Ni siquiera, pudiendo alcanzar la meta de ser como otro, se consigue la felicidad, nunca es suficiente y tal vez pueda vivirse en una mentira de cara a los demás, pero lo importante es cómo te sientes a solas, contigo mismo.

 

Siéntete orgulloso de cómo eres, aprende a apreciar tu belleza por encima de las creencias o imposiciones sociales, disfruta de las capacidades que tienes, camina con firmeza, siéntete libre de ser tú, acepta tus imperfecciones y abraza tus virtudes  ¡Seguro que son muchas más que tus defectos!