Todos tenemos prejuicios, lo que nos cuesta en algunos casos es reconocer que los tenemos. Paradójicamente, para desprendernos de ellos y de las cadenas que representan, debemos reconocer que los tenemos y que nuestros pasos serán cada vez más lentos, si no los dejamos ir.
Nos generamos unas expectativas en función de los que hemos concebido en nuestra mente que deben ser los demás, nos desilusionamos cuando no cumplen con nuestras expectativas, convertimos nuestra realidad en una imposición para quienes están con nosotros.
Esta situación suele ser mucho más habitual de lo que pensamos, puesto que la generamos de forma inconsciente, nuestros prejuicios y nuestras creencias nos han llevado a tomar un rol de juez. Vamos dictaminando por el mundo según consideramos que algo es bueno o malo, correcto o incorrecto, justo o injusto, apropiado o inapropiado, según nuestros modelos o esquemas, que se convierten en nuestras verdades. Damos por hecho que también son las verdades de los demás, las hacemos verdades absolutas.
Sólo cuando entendemos que prejuzgar a otros va en detrimento o perjuicio de nuestro crecimiento personal, sentimos la necesidad de conocer mejor el porqué y el cómo cambiarlo.
Si existe una persona en nuestro entorno, que a nuestro juicio es pesimista, negativa y conflictiva, cada día vamos a encontrar hechos que justifiquen nuestra creencia y por tanto, alimentamos ese prejuicio, sin cuestionarnos nada de lo que hacemos que puede determinar esa actitud.
Recuerdo cuando hace tres años llegó un compañero nuevo a la oficina, parecía retraído, reservado, sonreía poco. Rápidamente se empiezan a hacer juicios, sobre él, si es antipático, si no se integra con los demás e incluso se llegó a decir que estaba poco comprometido con su trabajo. Yo asumí el papel fácil, dar crédito a los comentarios y hacerme una idea de él por lo que escuchaba. Un año después de su llegada, tuve la oportunidad de tenerle como colaborador en mi equipo para trabajar en un proyecto muy importante y de alta exigencia. Para mi sorpresa, descubrí a una persona maravillosa, un compañero excepcional, nada que ver con lo que pensaba que era. Establecimos una relación de confianza que nos llevó a conocernos mejor. Un día en uno de mis viajes, tras realizar las reuniones programadas, fuimos a comer con él y otro compañero. Por alguna razón surgió el tema de la muerte de un ser querido, en ese momento, esa persona con un gesto triste compartió con nosotros la dolorosa muerte de su hermano, un chico joven y sano que de repente dejó de estar con él. Cuento esta historia, porque la muerte de su hermano sucedió unos días antes de su incorporación a nuestra oficina, es decir, que esa persona que veíamos como reservada, retraída, etc., estaba pasando por el momento más duro de su vida y ninguno de nosotros pensamos en esa posibilidad.
Como ésta, podría contar unas cuantas historias más que me han ocurrido por la misma razón, por prejuzgar. Y eso que mi padre desde pequeños nos decía “A las personas se les conoce, no por lo que digan de ellas, sino por lo que ellas digan de los demás”
Dice el Doctor Mario Alonso Puig: «Las personas sólo cambiamos de verdad cuando nos damos cuenta de las consecuencias de no hacerlo», es cierto, sólo cuando tomamos consciencia del efecto negativo que tiene sobre nosotros mismos el no cambiar, damos ese paso adelante y emprendemos el camino.




