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La especie humana ha conseguido sobrevivir gracias a su instinto natural, que le lleva a generar mecanismos de defensa contra aquellos factores externos que pueden representar una amenaza contra su existencia o su bienestar, es así y ha sido así a lo largo de los tiempos. Usamos gafas oscuras para protegernos del sol, usamos cremas para protegernos la piel, usamos zapatos para protegernos los pies, ropa para cubrir nuestro cuerpo. Hemos aprendido a protegernos de las amenazas o peligros, es una cuestión de supervivencia y no debemos sentirnos culpables por ello. En los ejemplos que acabo de usar, nos parece obvio, normal y bueno, hacemos lo que debemos hacer. Lo mismo ocurre con nuestras creencias y prejuicios, los usamos para protegernos de los demás, los llevamos con nosotros permanentemente, algunos los hemos heredado desde tiempos de los que ni sabemos, otros de nuestras familias, de nuestros países, nuestras religiones, etc., y algunos incluso de nuestras propias experiencias. 

Estoy segura que las gafas de sol que usamos ahora no son como las de hace 50 años, ni las cremas para la piel, ni los zapatos, ni la ropa, todo ha ido evolucionando y adaptándose al mundo actual, a los nuevos peligros o amenazas, a los que son reales, sin embargo, algunas (en mi opinión, muchas) de nuestras creencias siguen marcando nuestros pasos, aunque surgieron en un mundo que ya no existe, se mantienen porque las alimentamos, nos aferramos a ellas por el miedo a perder lo que somos o simplemente porque no tomamos consciencia de si nos son útiles o no. Hay un ejemplo que uso frecuentemente en las charlas que doy, porque creo que lo ilustra bastante bien y por eso voy a compartirlo en este post: 

Hace años, creía que el matrimonio era fundamental para formar una pareja o una familia, ni por asomo se me ocurría plantearme la posibilidad de vivir con alguien sin haberme casado. Como es lógico, esta creencia me llevó a tomar decisiones que marcaron mi vida, porque cuando te casas y la relación no funciona, luego viene un divorcio, que en mi caso, era percibido como un fracaso. Con el paso del tiempo, las experiencias y la reflexión, entendí que la vida en pareja, o formar una familia no requiere necesariamente de un papel firmado o un formalismo, que lo importante es el compromiso con uno mismo y con el otro, para crecer juntos y acometer un proyecto común, entonces elegí cambiar esa creencia, aceptando que en otro momento de la historia, socialmente era importante casarse, pero que en el mundo actual y sobre todo, en mi plan de vida, no me aporta nada, en cambio, puede limitar mi visión y mi percepción del mundo.

 

Al elegir soltar esta creencia, evito juzgar a los demás y condicionar mi relación con los otros, priorizo el respeto hacia la libertad de elegir de los demás. En mi ámbito más privado tiene un impacto mayor, porque no le traslado a mi hijo esa limitación y él podrá sentirse libre de elegir casarse o no, sin temer el juicio o el conflicto que su decisión pueda generar.

Las gafas de sol se llevan puestas sólo cuando son necesarias, imagínate por un momento que vas caminando de noche, por una calle oscura y llevas puestas las gafas de sol ¿verdad que no tiene sentido? Sabes que de hacerlo, no podrías ver bien el camino y podrías caerte, tropezarte o simplemente caminar con dificultad y miedo. No quiere decir que vayas a tirar las gafas o que éstas no sean útiles, sólo quiere decir que no siempre te aportan, que hay momentos en que, despojándote de ellas, puedes sentirte mejor, más cómoda, libre y confiada. Lo mismo puedes hacer con tus creencias, pensar si te facilitan la vida o por el contrario te limitan, si son necesarias en todo momento o sólo en casos puntuales. 

Toma consciencia de la libertad de elegir lo que es positivo para ti, de poder desprenderte de aquello que no te aporta y de la posibilidad de gestionar, según tus necesidades, lo que piensas, sientes o haces. Toma las riendas de tu vida, permítete ser tú.