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Me gustaría, algún día, dedicar tiempo a tomar nota de cada pensamiento, emoción, recuerdo o sentimiento, que de alguna manera aleja la calma de mi mente y mi corazón.

Sin duda sería un ejercicio difícil y encontraría mil excusas para eludirlo, nunca sería un buen momento, lo sé porque no tenemos el hábito de observarnos y creo que en el fondo, tememos descubrirnos o enfrentarnos a todo aquello que nos causa dolor.

Ese miedo inmarcesible que se aposentó en nuestra mente cuando de niños aprendíamos de lo que se trata la vida, y que aunque transcurran los años, seguimos atados inexplicablemente a él.

La única forma de cambiar nuestra vida y dejar de sufrir sin necesidad, es tomar conciencia de lo que somos, identificar cuáles son nuestros mayores miedos y, si aún siguen teniendo sentido en la vida que tenemos, una vida que puede estar bastante lejos de la que imaginábamos de niños.

Para tomar conciencia es necesario observar, con mucha atención y presencia, tomar nota, reflexionar, sin juicios, sin recriminaciones, sin rencores o resentimientos, abriendo la mente y el corazón a la posibilidad, por mínima que sea, que permanecer impasible entre aquello que nos causa dolor, es una forma silenciosa de torturarnos.

Hay una muy buena noticia, por si te animas, y es que ese miedo ha podido meterse en tu mente, pero no en tu alma y que así como entró, puede salir. Cuando seas capaz de sonreirte cada mañana, te darás cuenta del efecto positivo que tiene en ti, en el amor y la compasión hacia ti mismo, dedicar un poco de tu tiempo a conocerte, descubrirte, perdonarte…

¿Te animas a renunciar al sufrimiento?