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Suele pasarme con bastante frecuencia que sueño situaciones muy reales, a veces, incluso son parecidas a vivencias de mi niñez, mi adolescencia y mi juventud, de la que por suerte aún gozo. Hace algunos días soñé con una celebración de mi cumpleaños, cuando me desperté tenía la sensación de que había soñado con mi fiesta de quinceañera, me parecía recordar que bailaba el vals con mi padre, no sé si fue así en el sueño, pero la imagen me acompañó durante todo el día y los días siguientes. Como la mente es maravillosa, fui capaz de volver a sentir las emociones que entonces me embargaron. Ese recuerdo empezó a encadenar otras reflexiones más profundas, mientras veía al centenar de personas que estaban también en la fiesta mirándome, porque yo era en ese momento el centro de atención, me sentía importante, adulta, guapísima y tenía un precioso vestido que mi madre me había comprado en Bogotá.

De repente, me vi casi con un sentimiento de superioridad, lo recordé con asombro, porque estaba tomando consciencia de la necesidad hambrienta de mi ego, esa fiesta era todo lo que yo quería para sentir que la gente admiraba cada detalle de la fiesta y de mí, por supuesto. Y entonces pensé que aquel acontecimiento, que hace más de treinta años era fundamental para mí, en realidad lo era por lo que quería provocar en los demás, porque necesitaba sentirme especial.

Más allá de compartir esta experiencia, quiero compartir mi reflexión desde la madurez, porque te das cuenta que cuando el miedo al rechazo o la necesidad de aprobación, de sentirte parte de algo, rigen tu vida, buscas vivir momentos que te concedan ese privilegio de sentirte una persona especial. Por ejemplo, que te gradúes, que te cases, que tengas un hijo, que consigas un buen trabajo, que compres un coche, una casa, un aniversario… cualquier excusa es buena para que los demás te reconozcan como alguien importante o especial.

Y me pregunto ¿dónde queda el enorme privilegio de existir, como único motivo real de ser una persona especial? Ese despertar cada mañana, respirar, ver el sol, oler un café recién hecho. Simplemente ser, existir, esa es la razón por la que debes sentirte especial.

Que no se nos pase la vida esperando un momento concreto para sentir cuán importantes somos y lo mucho que valemos, para tomar consciencia de nuestra existencia más allá de las costumbres, para mirarte cada día en el espejo y poder apreciar en ti ese brillo que sale de la luz de tu alma.