Esta mañana mi gata me despertó muy temprano, como es habitual, pero al ser fin de semana y no tener que trabajar luego, tras ponerle su desayuno me volví a la cama y busqué una película que me arrullara para dormir un buen rato más. Elegí una que tuvo un inicio bastante impactante, iba de una familia en la que los padres ya estaban separados, pero no habían legalizado el divorcio, tenían dos hijos, chico y chica, parece que la madre no había aceptado esa nueva situación, incluso, tuve la impresión de que albergaba alguna esperanza de reconstruir su matrimonio. Él, sin embargo, ya estaba saliendo con una chica, era claro que estaba enamorado de su nueva pareja y quería casarse con ella, por lo que tuvo que pedirle a su exmujer que firmara el divorcio. Ella no fue capaz de superarlo y decidió quitarse la vida. Unos meses después, el padre tuvo una conversación con sus hijos sobre algo que quería que ellos hicieran en pro de convertirse en una nueva familia, y ese diálogo, sumado a una conversación que mantuve ayer con una buena amiga, me provocó una reflexión que me parece importante, por eso decidí que era un buen tema para escribir en mi blog.
Parte de nuestra educación nos ha llevado a pensar que es importante complacer a los demás, a cambio, por supuesto, esperamos que los demás nos complazcan a nosotros y generamos unas expectativas que condicionan al otro y también nos condicionan a nosotros mismos. Esto, en sí mismo no es malo, de hecho, nos hemos acostumbrado a vivir así, sin embargo, su efecto es bastante perjudicial cuando anteponemos o priorizamos uno frente al otro.
Aunque siempre escribo sobre la importancia de querernos a nosotros mismos, en esta ocasión también hablaré del equilibrio y lo que podría ser egoísmo, dentro de la relación con los otros.
La reflexión gira en torno a aquellas situaciones en las que, para sentir que se cumplen nuestras expectativas, ponemos al otro en una situación que le resulta incómoda, desagradable o incluso violenta. Por ejemplo, cuando queremos que hagan algo que creemos es lo correcto para nosotros, pero con ello les estamos pidiendo que vayan en contra de lo que piensan, creen o sienten, incluso podría ser algo que va contra sus propios principios.
Si la otra persona se niega a hacerlo, acudimos a la manipulación emocional, bien haciéndoles sentir que nos están faltando, o bien, haciéndoles sentir culpables. Lo mismo pasa cuando el mecanismo es el chantaje emocional, entonces les decimos “si, por favor, hazlo por mí” porque sabemos que somos importantes para ellos y nuestro inconsciente egoísmo nos lleva a utilizar los sentimientos para obtener lo que queremos, luego lo justificamos bajo la certeza absoluta de que es lo correcto, o lo que debe ser.
¿Te has preguntado qué pasaría si a ti te pidieran hacer algo que no quieres o que crees que van en contra de lo que eres? Seguramente te generaría un desequilibrio interno, una lucha entre, complacer al otro, o priorizar tu bienestar. Te disgustaría y estarías molesto, sintiendo que actúas bajo una presión invisible que te constriñe. Es probable que lo hagas, porque te importa esa persona, pero sentirías que estás pagando un alto precio y conservarías este gesto en tu memoria para convencerte de que el otro está en deuda contigo.
¿Por qué obligar a otro a hacer algo, cuando a mí tampoco me gustaría sentirme obligado? Esa es la reflexión ¿en serio necesitas que los demás se sacrifiquen para que tú estés bien? ¿te detienes por un momento a pensar en la libertad de ser?
En mi opinión, podemos hablar de cómo me siento y por qué necesito/ quiero que haga determinada cosa, hablar de lo importante que es para mí, y que el otro decida libremente, sin sentirse juzgado por la decisión que tome, pero en ningún caso deberíamos cruzar la línea que rompe el respeto por la libertad del otro, porque tampoco quiero que rompan la mía. De tal forma que procure mantener el equilibrio y la aceptación en las relaciones con los otros.





Interesante reflexión querida Marce . LIBERTAD para ser y que los demás también sean .
ABRAZOS♥️♥️♥️♥️