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Hace unos días, hablando con mis amigos, me preguntaron cómo estaba. Podría haber dado la socorrida respuesta de «bien, gracias» sin embargo, sabía que la pregunta no era de cortesía, en este caso había un interés real por escuchar alguna reflexión sobre cómo me sentía en este nuevo año.

Como suele ser siempre que estoy con ellos, compartí sin tapujos lo que siento y pienso sobre mí. Les dije que por primera vez había empezado el año sin propósitos determinados, que me siento libre, por lo menos más que antes. También les conté que no me había terminado las 12 uvas el 31 de diciembre, estaban un poco ácidas y no me apetecía comerlas, no me sentí mal con aquella decisión, por el contrario, me sentí muy bien.

Desconozco si era el preámbulo a cómo quería empezar el año, ahora sé que si no lo era, claramente significa algo. Significa que tengo más consciencia de la vida, que sé con certeza que mis creencias no son inamovibles, que tomara o no las uvas, mi vida está determinada por mí y por las decisiones que tome.

Me hizo aún más feliz, sentir que mis padres, mi hermana, mi hijo o mi esposo, no me juzgaban por ello, al contrario, me sentí plenamente aceptada y amada.

A medida que te atreves a cambiar tus hábitos, te das cuenta que son más los miedos internos, que lo que en realidad puede pasar. Y no me entiendas mal, porque no pretendo dejar de ser yo, ni romper con las tradiciones familiares o sociales, solamente pretendo ser yo sin sentirme culpable.

El sentimiento de culpabilidad es como un segundo castigo que nos infringimos, por ejemplo, cuando estás buscando bajar de peso y te antojas de comer un postre, una tarta, etc., y finalmente decides comerlo. Crees que te has dado un gusto, cuando en realidad ni te has permitido disfrutarlo, lo has comido pensando que no debías haberlo hecho y luego, te sigues castigando, te dices una y otra vez lo débil que eres ante una tentación, te maltratas pensando que lo has hecho fatal, que vas a estar más gordo, que nunca lo vas a conseguir…

De esto va mi post, del doble castigo que nos imponemos cuando hacemos algo que no deberíamos y luego cargamos con la culpa.

Te preguntarás qué relación tiene esto, con la conversación que tuve con mis amigos, y la tiene toda, porque les dije que este año había decidido no volver a castigarme cada vez que hiciera algo que no debía, que si decidía fumarme un cigarrillo aún sabiendo lo perjudicial que era, me permitiría disfrutarlo y aceptar que por algún motivo, mi cuerpo lo pedía.

He entendido que carece de sentido hacerme daño dos veces con la misma cosa, que a veces es mejor aceptar y que cuando aceptas, dejas de luchar. Renunciar a la lucha interna, puede ser una forma de soltar, de dejar ir todo aquello que te ata y te hace daño… en definitiva, puede ser el comienzo de un verdadero cambio.