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Sabemos que la importancia de los valores, radica en que generan comportamientos, es decir, los valores que hemos aprendido, determinan la forma en que nos comportamos. En ocasiones me pregunto si la humildad que nos enseñaron, como un valor importante en la vida, nos termina llevando a perder seguridad en nosotros mismos y a no tener opinión propia. No quiero que me mal interpreten, porque en realidad no es la humildad que nos enseñaron, sino la interpretación errónea que terminamos haciendo de ella.

 

Puede pasar que nos vayamos a los extremos nocivos para el crecimiento personal, por un lado, que apliquemos estrictamente lo que hemos entendido como humildad y a partir de entonces, en muchas situaciones optemos por aceptar todo sin cuestionarlo o por callar para evitar el conflicto. En este extremo, podemos estar temiendo ser rechazados si expresamos nuestra opinión o desacuerdo. El otro extremo es, revelarnos contra lo que sentimos como una imposición de otro sobre nosotros, adoptando una actitud defensiva y cerrándonos a toda oportunidad de crecimiento.

 

No es un secreto, pero si una dura tarea, aprender que los extremos no son buenos, que nos llevan a la radicalización y cierran bajo llave la apertura hacia el aprendizaje continuo.

 

Escuchar, aceptar y respetar la opinión de otros, sobre todo cuando difiere de la nuestra, es necesario para que nuestras relaciones se mantengan dentro del equilibrio o armonía necesaria en la vida. De la misma forma, sentirnos escuchados, respetados y aceptados por los demás, cuando expresamos nuestra opinión, aunque difiera de la suya. Y dentro de este equilibrio, hay un amplio espacio para cuestionarnos, lo que nos dicen o escuchamos y lo que decimos o pensamos.

 

A veces me doy cuenta que las personas vamos esparciendo por el mundo información que nos llega, sin saber si quiera si ésta es cierta. Se forman auténticos movimientos ideológicos, tendencias, historias… a partir de cosas que en muchas ocasiones, ni siquiera contrastamos. Me pregunto si las aceptamos, porque necesitamos desesperadamente creer en algo o sentirnos parte de algo, necesitamos identificarnos, proyectarnos o comprometernos con eso que hemos oído o leído, y con lo que nos sentimos identificados. ¿Dónde queda tu capacidad de discernir? ¿en qué momento pierdes tú derecho a pensar? ¿puede estar escondido entre el miedo a ser juzgado y el dolor de no ser tú mismo?

 

Es curioso que como personas, lo inherente a nuestra naturaleza es la unicidad, porque lo que nos hace especiales y diferentes es que somos únicos, y sin embargo, vivimos constreñidos por el miedo a ser diferentes.