Hace poco estaba hablando con alguien que me decía respecto de otra persona, que no le gustaba como le hablaba, que le parecía grosero y desconsiderado. Mientras le escuchaba, era inevitable recordar alguna vez que estando con los dos, me parecía de la primera, que le hablaba con cierta rabia a la segunda, incluso a veces sonaba grosera o faltona.
Lo que estaba claro es que esta persona me lo decía absolutamente convencida, que ni por un segundo se le pasaba por la cabeza que ella también hacía lo mismo de lo que ahora se quejaba, porque entonces, si tu rol es de víctima, no te consideras victimario o verdugo.
Se me empezaron a ocurrir mil ejemplos, como cuando criticas a alguien porque habla demasiado o porque habla de los demás, sin darte cuenta que es algo que haces también, puede que no con la misma intensidad o frecuencia, pero lo haces. ¿Por qué entonces nos llama la atención o nos molesta tanto algo que solemos hacer?
De ahí mi reflexión de hoy, la vida es sabia y nos da la oportunidad de mirarnos en un espejo, en que tengamos la oportunidad de identificar las cosas que hay en nosotros, que podríamos cambiar para ser mejores personas, para acercarnos al equilibrio interior que nos da tranquilidad.
Es más frecuente de lo que pensamos, porque esta misma semana, tomando café con un compañero de trabajo, me hablaba de que todas las personas tenemos rarezas, ahora pienso que de alguna forma, esas rarezas son también reflejos de un espejo que nos negamos a mirar, porque nuestros miedos, nuestras creencias, nos hacen pensar que, mirarnos al desnudo, es aceptar nuestra imperfección, lo que nos haría vulnerables.
Y así transcurre la vida, caminando al lado de un espejo que no queremos ver, aunque sepas que mirarte en el es la clave de la transformación, del autoconocimiento y de la madurez.





Muy buena reflexión, me animaré a mirar con más frecuencia a ese espejo, aunque empiece siendo de reojo.