Mi propósito, cada vez que escribo un post, es provocar una reflexión sobre nosotros mismos y nuestra forma de vivir, para tomar consciencia de cómo nos sentimos con ello, qué cosas o creencias podemos ir soltando porque no nos aportan tranquilidad o sensación de bienestar. Ésta toma de consciencia es un paso fundamental para que nuestra andadura por la vida sea más ligera, sana y feliz.
Hoy voy a proponer, a través de este post, que la reflexión sea sobre nuestra naturaleza humana e intentaré utilizar ejemplos muy cercanos y reales, para evitar cualquier tipo de prevención a la hora de abrirnos a lo diferente, sin sentirnos atacados en nuestros principios fundamentales.
La necesidad de sentirte parte de algo es inherente al ser humano, por ejemplo, sentirte parte de una familia, de una cultura, de un país, de una religión, etc., hacerlo nos ayuda a definir nuestra identidad y por eso, desde que nacemos, nuestra vida la dedicamos en gran medida a sentirnos y mantenernos como miembros de ese grupo. Esto es lo que hace que la mayoría de nuestras ideas partan del grupo y no del individuo, que hablemos del sentido común como si fuera una verdad absoluta, aunque no sea así. En ocasiones escuchamos a personas decir que viajar es la mejor forma de abrir la mente y darnos cuenta que hay varias maneras de ver el mundo, de interpretar las cosas, incluso de definirlas como buenas o malas. Lo cierto es que a veces nuestras creencias son tan fuertes, que a pesar de viajar, leer, estudiar…, nos cuesta aceptar esa diversidad y nos aferramos a una visión rígida que suele resultar bastante pesada de cargar a lo largo de la vida.
Vamos a verlo con ejemplos. En nuestra cultura occidental hemos aprendido unos modales en la mesa, no eructar, es uno de ellos. Si estamos en una comida y alguien eructa, de forma automática haremos un juicio reprobatorio (aunque no digamos nada en voz alta). Pues bien, hay países en lo que sucede todo lo contrario. Es el caso de China, no hay nada mejor que eructar mientras comes para agradarles, hacerlo es un elogio porque significa que estás disfrutando de la comida. Sorber o hacer ruido mientras comes es algo bueno si estás en Japón, pero para nosotros es de mal gusto – he de reconocer que personalmente me resulta bastante molesto.
Podría seguir citando ejemplos… los codos en la mesa, hablar con la boca llena…, pero para lo que nos ocupa son suficientes, porque se trata de ver cómo, sin darnos cuenta, adoptamos muchos comportamientos, costumbres y creencias, que se vuelven parte de lo que somos como grupo.
Esto mismo pasa con todo tipo de situaciones en nuestro día a día, incluso en temas que son inevitables y deberían ser normales pero nos cuesta aceptarlos. De qué forma vemos la muerte, la asociamos a la pérdida y al dolor, cuando es algo tan natural como el nacimiento. Las relaciones de pareja que se viven desde el apego y la dependencia, la relación con los hijos en las que proyectamos nuestros miedos, o con los padres o con los amigos.
Finalmente, cuando tomas consciencia, te das cuenta que en la vida no te afecta lo que pasa, sino la forma de verlo, de interpretarlo, de asumirlo, de afrontarlo. ¿Cómo gestionas o vives lo que te pasa? ¿Tienes consciencia de qué aprendizajes son los que te llevan a vivirla de esa manera? ¿Te sientes dueño de tu vida o crees que eres una víctima?





Querida Marce.
Gracias por invitarnos a reflexionar con tus preguntas .
Gracias por regalarnos las gafas con las que podemos ver «más allá». Gracias por estos ejemplos tan sencillos y tan potentes.
GRACIAS