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¡Ay el amor! O mejor dicho “el amor propio”. Algunas personas me escriben que no es fácil y tienen razón, incluso amigos o familiares a los que les resulte difícil entenderlo. Lo que pasa es que sí es necesario entenderlo para empezar a vivirlo con consciencia y descubrir algo mágico que empieza a suceder en tu vida cuando aprendes a amarte.

Eso es, hoy estoy hablando del amor, el amor propio. Ese que, aunque no lo creas, es fundamental para amar a otros. Cuando empiezas a trabajar en el conocimiento, la aceptación, el respeto y el perdón a ti mismo, sucede algo increíble, tu mente y tu corazón se abren a descubrir el efecto del amor a uno mismo. Cuando aprendes a amarte dejas de juzgarte, te miras al espejo con cariño, empiezan a desaparecer o, a perder importancia, esos defectos que tanto te atormentaban, dejas de criticar tu aspecto físico y empiezas a agradecer lo que tienes, desde la gratitud se valoran más las cosas, hasta ser capaz de descubrir la belleza que tienes y que siempre has tenido, sólo que no lo podías ver.

Cuando aprendes a amarte pierdes muchos de tus miedos, se acaban los celos, dejas de perseguir personas, dejas de perseguir relaciones, dejas de buscar desesperadamente aquello que crees que te falta, en resumen, dejas de preocuparte y empiezas a vivir, te sientes listo para recibir lo que es para ti. Asumes con madurez y desapego que cada persona hará lo necesario para ser feliz, que no tiene que ver contigo, que eso no te hará sufrir, ni tiene por qué hacerte daño. Lo entenderás y aceptarás, porque has empezado a vivir y estás listo para dejar que los demás vivan también, dejas que todo fluya.

Sorprendentemente descubres que tienes paz en tu corazón y que pase lo que pase puedes ser feliz, con todo o a pesar de todo, es tu vida, es única y no quieres perder más el tiempo entre las falsas creencias que te atan a un dolor silencioso y permanente que te consume poco a poco.

Créelo, eso es amarte, es paz en medio del caos, es serenidad en la tormenta, es permitirte vivir plenamente. Es la magia del amor que te transforma, sin dejar de ser tú, por el contrario, permitiéndote por fin ser tú.