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En época de festividades navideñas suele reunirse la familia alrededor de costumbres o tradiciones que, en teoría, buscan la unión o reconciliación de todos. Es la oportunidad de reencontrarse con lo que somos, de sentirnos parte de algo y enorgullecernos por ello, abrazar la tranquilidad de saber que ahí están cada una de las personas que forman parte de nuestras vidas.

Estos momentos de unión propician encuentros, conversaciones y desafortunadamente algunas discusiones, que podrían perfectamente quedarse en una anécdota más que pasa al recuerdo. Sin embargo, son bastantes las ocasiones en las que no es así y una simple discusión llega a convertirse en el detonante de una pelea con desafortunadas consecuencias. 

Hoy quiero dedicar mi publicación a reflexionar sobre esta situación y como siempre, con el enfoque de la responsabilidad sobre lo que pasa finalmente en nuestra vida.

Imaginaros esa discusión como un pequeño fuego que se enciende al calor de un desacuerdo, una pequeña llama que nos quema y produce dolor. Lo normal sería que reaccionáramos apagando la llama y curando la quemadura, en ningún caso se nos ocurriría buscar un combustible y echarlo sobre el fuego para provocar un gran incendio con el que sufriríamos más quemaduras y podríamos incluso provocar daño a los que están a nuestro alrededor, personas queridas a las que en situación de peligro real quisiéramos salvar. Parece impensable ¿verdad?, que pudiendo apagar un pequeño fuego elijamos alimentarlo y provocar un desastre, hacer que se queme nuestra casa, que salgan heridos miembros de nuestra familia o amigos muy queridos y nosotros mismos.

 

Esto es lo que ocurre cada vez que ante una discusión en la que nos sentimos atacados, en lugar de respirar profundo, desapegarnos de la situación, no tomarla de forma personal y gestionar el ego, la ira o el enfado, decidimos reaccionar con un ataque que justificamos como defensa. Es decir, en lugar de apagar o ahogar ese pequeño fuego, preferimos buscar dentro de nosotros un combustible potente que vuele por los aires una situación que nos ha disgustado.

En el ejemplo del incendio, según la magnitud alcanzada, luego de apagarlo, se ven con tristeza los daños causados. En el caso de la discusión, se rompen lazos, se genera desunión y generamos heridas internas que difícilmente sanamos después.

Ahora pregúntate ¿qué gano y qué pierdo? Gano una discusión y la satisfacción de sentir que tengo la razón o que la defiendo con mi vida si hace falta. Pierdo la oportunidad de tomar las riendas de mi vida, de construir en lugar de destruir, de crecer, aprender y acercarme a la tranquilidad y la felicidad que merezco.

Es tu decisión, tu responsabilidad ¿qué eliges?

 

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cmpalaciobueno@gmail.com